Quitapenas: chorrillanas y terremotos. San Cristobal: teleféricos y fotografiar un grupo de gringos. En un momento Julio llamó a alguien desde un teléfono público. Me preguntó si lo acompañaba. Partimos a un carrete a la mierda, un lugar cuico que no retuve y que debe ser igual a todos los lugares cuicos de Santiakisto. Departamento con terraza filete, así que ahí me fui mientras Julio sociabilizaba. Me acaparé un costado con la mejor vista con un pisco sour que agarré a la pasá y ahí me quedé. Ni falta hizo pronunciarme como aburrida cuando Julio llega y posa su vaso frio en mi hombro. Shevame a uno de esos bares de la otra vez, me dijo. En taxi, obviamente pagado por él, en dirección al nunca bien ponderado barrio Brasil. Yo diría que a esas alturas ya estábamos bien chambreaitos como pa' andar cantando y gritando por las calles. Dos Kunstmann miel y echarmos pa’trás en las sillas de plástico. Nos quedamos callados un ratito mirando el cielo, tal vez para preguntarnos a nuestro adéntricos cuán ebrios estábamos. No te imaginás cuánto he disfrutado este día contigo, se acercó mucho pa decirme eso. Nos miramos. Él ni agitado siquiera pero a mi me latía el corazón a mil. No me aguanté, tenía que decir algo, cualquier cosa que cagara el momento. Oye Julio y por qué no viniste con tu novia? Juro que escuché un cueeeeeeeeeeeeck repicándome en el oído. Me da tanta rabia, era mi oportunidad de esa tensión cinematográfica de antes de besarse.
Me banqué un rato el cuento con su ex, algo sobre cuando ya llevas mucho tiempo en pareja. Pero qué sé yo de estar más de un año con alguien, de esforzarse para hacer que una relación resulte, de eso no sé nada. Yo sé de cagarla siempre, de hacerme la weona y huir, de callarme lo que debería decir...en fin.
Una lata todo ese rollo de los ex y todavía estaba lo suficientemente consciente como para aburrirme y mirar a los demás. Y que feo es un sábado de carrete de los otros. Gritan y hablan weás, parece ser esa la razón de beber, el ambiente se tolera arriba o adentro del balón, nunca afuera. Julio, le dije finalmente, te puedo decir algo, erís un tipo, no sé cómo decirlo sin que suene cursi, pero la definición que cae de cajón es “encantador”. Tengo caleta de ganas de hacerte cariño pero no sé si es por ti o porque necesito abrazar y hacer cariño. Yo creo que si me besai ahora no me voy a negar y es bien probable que me caliente y termine yo invitándote a un motel, cosa que ni siquiera puedo hacer porque no tengo plata. Ahora, no sé si vaya a follar contigo porque te lo dije, pero lo que quiero, lo que sí quiero y necesito con desesperación, es amor en cualquiera de sus formatos. Julio rióse de mí. Julio rióse a carcajadas de mí. A mí también me dió risa, me puse roja porque igual estaba al tanto de que me vi ridícuala en ese atacaso de sinceridá . Pero Julio en su infinito atinamiento no-chileno me dijo: qué esperás, busquemos un lugar donde pasar la noche.
Me relajó tanto vomitarle en resumen lo que me estaba pasando. Le pedí que hiciera como que era mi novio de juego y que porfa me besara la mano. Caminamos harto, en varios moteles nos dijeron que estaba todo ocupado. Al final recurrí a los recortes de diarios, avisos moteleros de esos que dicen “10% de descuento presentando este cupón” que guardo junto al pase escolar. Julio volvió a reir, yo volví a enrojecer al mostrarle y exigirle a la anfitriona mi descuento. Llegamos a esa habitación como quien llega a su casa, nos sacamos las zapatillas y nos echamos en la cama. Todavía estás enamorada de Feli? No quise preguntarte antes, lo creí prohibido. En ese momento sentí que era el turno de Julio para cagarla así que estaba bien y le respondí que NO, que era alguien a quien amé muchísimo pero que ya no me limitaba ni me hacía sufrir, obviamente la distancia me había ayudado harto. No profundizamos más en el asunto, pero conversamos hasta bien entrada la mañana. Dormité y cuando desperté Julio me estaba metiendo mano así que me le lancé encima. Fue hermoso.
21 febrero, 2011
16 febrero, 2011
Julio (1)
No creo que Julio me haya mandado chocolates por lo de San Valentín. Recuerdo que le insinué que los chocolates aquí, que los chocolates acá, que uy, que rico los chocolates, que valía la pena ser un amante a la antigua, un romanticón arjonado, un weón que envía chocolates por correo a la distancia, aunque hubiese preferido un mail…
Será su forma de decirme: gracias por el revolcón, por el tour santiaguino a la medida, o por recibirlo ansiosa después de su viaje al Sur de Chile. No sé. La tarjetita a penas indicaba el “para”, el “de” y un "gracias". Me cuestionaba todo eso mientras elegía que chocolate primero me echaba a la boca y cual después. No me gustó tanto...O sea, los chocolates sí, ricos, pero olía a mera cortesía forzada en el día de los enamorados. Y si andamos con esas, por qué no me pegó un llamadito o me escribió una carta diciéndome que estaba enamorado de mí. Me cagó, no hallo que mierda subentender de este “gesto” normal, común y silvestre. Es muy probable que no haya que entender nada, asumir que disfruté del 95% de cacao y listo. Pero yo no soy así y Julio debería saberlo. Saberlo pa qué, si ya ni lo voy a ver…
Me gusta Julio. Me puse más nerviosa que la mierda cuando leí que venía a Chile reclamando la tercera parte de su tour por Santiago, sin intermediación de Feli un mail directamente de él para mí. Como no soy capaz de pensar como turista no preparé na’, me descompensé, no me quedó otra que improvisar.
Julio para mí siempre fue un argentino atípico: un tipo de pausas largas (como que a veces se quedaba pegado) para nada fanfarrón, aunque canchero, y un desparpajo para hacer lo que se le venía en gana pero que no atentaba contra la comodidad de nadie, su voz más dulzona que imponente con hartas sonrisas entremedio. Guapo, simpático, de esa gente que da gusto llevarla a cualquier parte porque donde sea lo pasan bien, como si se armaran un campo de fuerza anti-aburrimiento alrededor.
La última vez que vino con su novia, la ahora ex, también los guié, incluso les recomendé un motel. Sobre todo me fascinaba como la besaba a ella, reconozco que los miraba sin pudor meterse la lengua el uno al otro. Tenían esa complicidad de comunicarse por efluvios misteriosos, con apenas mirarse se entendían perfectamente o se adivinaban. A veces Julio le besaba la mano, pero fuera de toda cursilería imaginable. Por eso le pedí, en medio del lamentable speech que me mandé ese día en un bar del barrio Brasil, que por favor me tratara como a su ex novia, aunque fuera por un rato. Aún no logro explicarme muy bien qué me atrajo de Julio. Y es que no es específicamente algo, es él caminando por el San Cristóbal mirándome atentamente cuando trataba de explicarle por qué encontraba estúpido llegar a un país desconocido e ir a meterse a un museo.
Será su forma de decirme: gracias por el revolcón, por el tour santiaguino a la medida, o por recibirlo ansiosa después de su viaje al Sur de Chile. No sé. La tarjetita a penas indicaba el “para”, el “de” y un "gracias". Me cuestionaba todo eso mientras elegía que chocolate primero me echaba a la boca y cual después. No me gustó tanto...O sea, los chocolates sí, ricos, pero olía a mera cortesía forzada en el día de los enamorados. Y si andamos con esas, por qué no me pegó un llamadito o me escribió una carta diciéndome que estaba enamorado de mí. Me cagó, no hallo que mierda subentender de este “gesto” normal, común y silvestre. Es muy probable que no haya que entender nada, asumir que disfruté del 95% de cacao y listo. Pero yo no soy así y Julio debería saberlo. Saberlo pa qué, si ya ni lo voy a ver…
Me gusta Julio. Me puse más nerviosa que la mierda cuando leí que venía a Chile reclamando la tercera parte de su tour por Santiago, sin intermediación de Feli un mail directamente de él para mí. Como no soy capaz de pensar como turista no preparé na’, me descompensé, no me quedó otra que improvisar.
Julio para mí siempre fue un argentino atípico: un tipo de pausas largas (como que a veces se quedaba pegado) para nada fanfarrón, aunque canchero, y un desparpajo para hacer lo que se le venía en gana pero que no atentaba contra la comodidad de nadie, su voz más dulzona que imponente con hartas sonrisas entremedio. Guapo, simpático, de esa gente que da gusto llevarla a cualquier parte porque donde sea lo pasan bien, como si se armaran un campo de fuerza anti-aburrimiento alrededor.
La última vez que vino con su novia, la ahora ex, también los guié, incluso les recomendé un motel. Sobre todo me fascinaba como la besaba a ella, reconozco que los miraba sin pudor meterse la lengua el uno al otro. Tenían esa complicidad de comunicarse por efluvios misteriosos, con apenas mirarse se entendían perfectamente o se adivinaban. A veces Julio le besaba la mano, pero fuera de toda cursilería imaginable. Por eso le pedí, en medio del lamentable speech que me mandé ese día en un bar del barrio Brasil, que por favor me tratara como a su ex novia, aunque fuera por un rato. Aún no logro explicarme muy bien qué me atrajo de Julio. Y es que no es específicamente algo, es él caminando por el San Cristóbal mirándome atentamente cuando trataba de explicarle por qué encontraba estúpido llegar a un país desconocido e ir a meterse a un museo.
04 febrero, 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
