19 mayo, 2011

No se puede carretear así.

Pienso varias veces al día en la posibilidad de unos audífonos baratos por los que no se cuele ni un solo ruido del exterior. Cualquier sistema de enajenación viene a ser la panacea ahora que no quiero pensarme, me caigo mal. No me habría dado cuenta de la mala que me tengo de no ser por ese 3,9 en gramática. Un tres coma nueve, UN TRES COMA NUEVE. El día antes de la prueba mi nivel de estrés llegó a tal punto que reía y lloraba a la vez encima de las fotocopias. Sabía que por más que tratara no iba a poder meter toda esa información en mi cerebro vacío de grammar. No había estudiado antes, había fallado en mi funcionalidad, nada iba a rescatarme del escarnio personal al pensarme. Mi rol EE (eficiente y eficaz) me había quitado varios cuestionamientos de encima: Por qué cresta estudio una weá que no me gusta? Pa qué ser otra profe mediocre en el Universo? Por qué no me quedé estudiando en Valparaiso? Y si me echo otro año en la U pa ser más feliz? Y si me chanto en su puerta a exigirle cariño? Preguntas que en mi funcionamiento sistemático cuyo único objetivo era pasar ramos, se omitían. Iba como caballo de feria pero perdí los estribos y me salí de mi rol. Estoy fuera, aterrá, no puedo evitar aislarme, me di cuenta de eso el viernes. Desentoné de entrada: me compré una Kunstmann miel, cerveza individual y rica entremedio de las Balticas-Antillankas que bien podrían crecer como callampas en los pastos del Peda. Es que en el fondo añoraba esa misma Kunstmann descansando en un velador al lado de una cama sobre la cual estuviéramos envueltos en una frazada de polar, echados, fomes, yo rascándole el cráneo. Mal pedir sin entregar na’. Y por qué no valdría entregarle al cosmos mis ganas de estar rascándole el cráneo a alguien?
Y estábamos todos los cabros en la tocata de atrás de los baños de arte. Como única iluminación un foco de luz blanca que por detrás de los músicos lanzaba su chorro de luz al público, todos a contraluz. Nuestras sombras largas rebotando en el piso hasta perderse más allá de la cancha. Inevitable mirar el foco directamente para encandilarse por gusto y hacer de las sombras un séquito de seres marchando en vez de bailando ska. Seres que mutaban a escolares sin rostro camino a encontrar la muerte en una máquina que los haría carne molida y sonando “Another brick in the wall” de ya saben quienes. Miraba a ratos los edificios de alrededor desde los que nadie asomaba ni la nariz. Me hubiese gustado ver a alguien en la ventana de uno de esos departamentos, saludarle con la mano y que me oyera gritar, como diciendo: mira como soy parte de este ruido... Porque quería ser parte de ese escándalo a medias improvisado, hacía lo posible por bailar, me sacudía el aburrimiento gritándolo, quería estar ahí pero obviamente no estaba.

1 comentario:

Ana Manqueán dijo...

ay mi dió. me apena el poder ke tiene el deber académico por sobre la felicidad individual.